Yo no te extraño, en tal caso será esta marea de lágrimas
que reposa en la orilla de mis pupilas cada mañana cuando el sol amanece;
procuro que sea bien temprano para pedirle al sol que las evapore y así poder engañarme
a mi misma; de todos modos, resulta inútil negar que aún sigo recurriendo al
paquete de pañuelos que dejaste olvidado en la repisa; con ellos procuro hacer
que tu ausencia pase desapercibida por mis días tan vacíos… Comprenderás que
después de todo, mi orgullo no me deja ser vista como débil.
Si no te miento, te digo que te quiero, que aún te veo en mi
taza de té cada mañana y que de vez en cuando reservo unas pocas de tostadas
para guardarlas en tu bolsa del almuerzo.
A noche, cuando llegué, decidí refugiarme en frente de la
chimenea con un par de mantas para poder entrar en calor, pero pronto me di
cuenta de que el fuego no prende chispa si tú no estás presente, que no hay
calor más profundo que el de tus abrazos. Todavía conservo el mechero que quedó
sin gas para prender, que ironía! Pero es que me recuerda tanto a ti que
hasta me da pena desprenderme de un trasto tan inútil.
Todas mis mañanas pasan igual, café tras café, luego bajo a
comprar el pan y cuando me doy cuenta ya es hora de hacer la comida, como de
costumbre preparo un par de raciones, pongo en la mesa dos platos y
cuando me voy a sentar, me sorprendo torpemente acordándome de que ya no estás
en casa; de todos modos nunca me sobran los cubiertos ni el vaso, al fin y al
cabo siempre permito que la soledad se siente a comer en la mesa, si te digo la verdad, ya es mi
invitada de costumbre. Más tarde, cuando voy a fregar los platos me regocijo
felizmente sabiendo que me salpicarás la cara para distraerme y después besarme,
pero al final, lo único que me moja es el llanto que
vacila enredándose entre mis pestañas; igualmente, prefiero que no te preocupes
por mí, créeme que ya me estoy acostumbrando.
Cuando cae la tarde me alojo en el sofá, me gusta ver los
anuncios, uno tras otro, me recuerdan viejos tiempos y eso es bonito, la pena
es que siempre termino contagiándome de nostalgia y volviendo a recordarte. Cuando
las horas son intensas, prefiero consolarme con helados de chocolate y recopilando
antiguas fotos que decoran mi fachada, si te soy sincera, nunca consigo
reunirlas, la televisión de fondo y el viento golpeando en mi ventana me suena a
melodía y termino cayendo en un sueño profundo, un sueño que despierta en medio
de la noche y es ahí cuando me prometo que mañana cuando amanezca de nuevo,
tomaré la decisión de encontrar esperanza para seguir caminando con esto, la
verdad es que pesa demasiado y el desgaste es inmenso; si lo sé, puede que no
lo merezca pero resulta necesario para olvidarte.

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