domingo, 10 de agosto de 2014

Yo no te extraño, solo te recuerdo.


Yo no te extraño, en tal caso será esta marea de lágrimas que reposa en la orilla de mis pupilas cada mañana cuando el sol amanece; procuro que sea bien temprano para pedirle al sol que las evapore y así poder engañarme a mi misma; de todos modos, resulta inútil negar que aún sigo recurriendo al paquete de pañuelos que dejaste olvidado en la repisa; con ellos procuro hacer que tu ausencia pase desapercibida por mis días tan vacíos… Comprenderás que después de todo, mi orgullo no me deja ser vista como débil.

Si no te miento, te digo que te quiero, que aún te veo en mi taza de té cada mañana y que de vez en cuando reservo unas pocas de tostadas para guardarlas en tu bolsa del almuerzo.
A noche, cuando llegué, decidí refugiarme en frente de la chimenea con un par de mantas para poder entrar en calor, pero pronto me di cuenta de que el fuego no prende chispa si tú no estás presente, que no hay calor más profundo que el de tus abrazos. Todavía conservo el mechero que quedó sin gas para prender, que ironía! Pero es que me recuerda tanto a ti que hasta me da pena desprenderme de un trasto tan inútil.

Todas mis mañanas pasan igual, café tras café, luego bajo a comprar el pan y cuando me doy cuenta ya es hora de hacer la comida, como de costumbre preparo un par de raciones, pongo en la mesa dos platos y cuando me voy a sentar, me sorprendo torpemente acordándome de que ya no estás en casa; de todos modos nunca me sobran los cubiertos ni el vaso, al fin y al cabo siempre permito que la soledad se siente a comer en la mesa, si te digo la verdad, ya es mi invitada de costumbre. Más tarde, cuando voy a fregar los platos me regocijo felizmente sabiendo que me salpicarás la cara para distraerme y después besarme, pero al final, lo único que me moja es el llanto que vacila enredándose entre mis pestañas; igualmente, prefiero que no te preocupes por mí, créeme que ya me estoy acostumbrando.

Cuando cae la tarde me alojo en el sofá, me gusta ver los anuncios, uno tras otro, me recuerdan viejos tiempos y eso es bonito, la pena es que siempre termino contagiándome de nostalgia y volviendo a recordarte. Cuando las horas son intensas, prefiero consolarme con helados de chocolate y recopilando antiguas fotos que decoran mi fachada, si te soy sincera, nunca consigo reunirlas, la televisión de fondo y el viento golpeando en mi ventana me suena a melodía y termino cayendo en un sueño profundo, un sueño que despierta en medio de la noche y es ahí cuando me prometo que mañana cuando amanezca de nuevo, tomaré la decisión de encontrar esperanza para seguir caminando con esto, la verdad es que pesa demasiado y el desgaste es inmenso; si lo sé, puede que no lo merezca pero resulta necesario para olvidarte.


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